Voy a escribir líneas que a nivel
racional violan mi mente de una manera a la que no estoy acostumbrado, pero que
me veo obligado a padecer ante la cruda realidad que me es impuesta día a día.
¿Recuerdan cuando en el colegio éramos
pequeños y nos decían: “dos no pelean si uno no quiere”?
Estaba genial. Seamos sinceros, tanto el
que iniciaba la violencia como el que no eran reprendidos por utilizar
agresiones en vez de razonamientos y acuerdos para solventar un problema. Era
perfecto… cuando éramos niños.
Por desgracia crecemos, y tenemos a
nuestro alrededor una fauna (disculpe el término el reino animal) de lo más
variada, pero en cualquier caso rellana a la esquizofrenia.
Este hecho, que lo es, nos enfrenta a
situaciones en las que uno debe aguantar sin hacer nada, manteniendo una calma
fría para no devolver con un golpe abusos de terceros. Y así debe ser, por la
paz de la sociedad, por el bien común, por la razón.
Ahora bien, tenemos ejemplos diarios por
los cuales podríamos tolerar e incluso alabar que alguien se rebele y pegue el
golpe.
Si a aquel vecino de la esquina le están
metiendo una paliza con un bate y llega por capricho del destino un cuchillo a
sus manos, nadie le recriminará el hecho de que lo utilice en legítima defensa
para protegerse. ¿Verdad?
Pues bien, ha llegado un punto en el
desarrollo de la sociedad en que se está empujando a buena parte de ella a
coger ese cuchillo y utilizarlo en legitima defensa. Y me explico.
Yo salgo de mi casa un día con la
intención de sentarme en una plaza para manifestarme porque una panda de
desgraciados me han robado alrededor de 120 millones de euros. Como yo,
pongamos que han decidido acudir a dicho lugar estelar otras 50.000 personas
que no están de acuerdo con eso de que se coja un dinero de todos y se reparta
entre los que, supuestamente, deben manejarlo para el bien de todos, es decir,
para pagar a los funcionarios sus sueldos, para los medicamentos de las
personas, para que los jóvenes puedan estudiar, para que los dependientes
tengan cómo vivir con un mínimo de dignidad…
Papá Estado, benévolo donde los haya, ya
debería haber encarcelado a todos esos golfos, sin embargo, no lo hace. Pero no
sólo eso, sino que los defiende en público y los mantiene. De ahí nuestro
cabreo, creo, que legitimo.
Pues bien, según van pasando las horas se
dice desde el Estado, es decir, los señores que voto para que me gobiernen, que
yo, por quien trabajan, soy un malhechor, una minoría violenta, un pordiosero
que cría plantas marihuana y un largo etcétera en la que incluso se me tilda de
terrorista. Es por ello, que se va a pedir a unos prohombres muy fuertotes con
porras y pistolas con pelotas de goma que me echen de allí a cualquier precio
por la seguridad de todos, por el bien común. Con mi dinero estoy pagando que
me peguen una paliza sólo por exigir que estos señores que me han quitado 120
millones vayan a la cárcel y devuelvan lo usurpado.
Pero yo, que soy muy pacífico al ver que
esas moles armadas y protegidas hasta los dientes se echan sobre mi, decido
quedarme quieto, con mi camiseta como protección, sentado, esperando que no
pase nada. Pero pasa.
Tengo heridas varias en mi cuerpo. Ahora
que yo no me puedo quejar, la mujer de al lado ha perdido un ojo y más allá un
chaval de 13 años tiene un brecha en cabeza. La peligrosidad de pedir justicia.
Total, que voy al hospital y resulta que
tardan horas en atenderme, pero no porque no haya nadie, si no porque no dan
abasto. Me entero allí de que no hay dinero para tener la misma cantidad de
servicios de urgencias abiertos, de que hay menos profesionales y menos
plantas. Veo también que hay gente a la que no la atienden porque no tienen
derecho a la salud, ya que no pertenecen a este país. Pero lo que me indigna,
es que al coger el periódico leo que cualquiera que tenga dinero que no haya
sido declarado puede devolverse ahora a un porcentaje menor del que pagué yo en
su momento.
Cuando por fin llego a casa, me sorprendo
de ver a un montón de gente delante del portal de casa mientras los policías
los apartan también a mamporrazos, provocando heridos que no han hecho más que
gritar. Mi incredulidad crece por momentos y preguntando me entero de que van a
echar a mi vecino de su casa porque tiene una deuda con el banco que no puede
pagar (¡y a mí que me sonaba que todos tenemos derecho a una vivienda digna!).
El caso es que el vecino al que echan, ha perdido sus ahorros del banco porque
lo han engañado con las “preferidas” o algo así, entonces reclaman su casa
(dejándolo en la calle), y no sólo eso, si no que le pidenn más dinero aún.
Increíble, ¿no es cierto?
Pues bien, una vez la policía ha retirado
a todos los que bloqueaban la entrada, se introduce en la casa y descubrimos
que el querido vecino se ha quitado la vida.
Entro en mi casa intentando asimilar
tantas vivencias ocurridas en un día. Reflexiono cuál es la solución.
Por un lado, hay una serie de señores
multimillonarios que me dejan sin casa, luego tengo otros peces gordos que no
pagan impuestos (que yo sí tengo que pagar teniendo mucho menos dinero), lo que
unido a lo que me han robado sus títeres que gobiernan, me obliga a perder
cosas tan necesarias como la educación y la sanidad. Si lo denuncio no me hacen
caso, y si me manifiesto me abren la cabeza. Llegados a este punto, ¿qué debo
hacer? Mueren personas, las encarcelan, las dejan sin casa, sin bienestar… Y yo
lo único que puedo hacer para solventar esta situación, es hacer un sacrificio,
ir a trabajar, sobrevivir como pueda y recibir los golpe sin defenderme,
mientras tanto otros, los que más tienen viven sin preocupaciones.
Ahora es cuando me entran ganas de volar
por los aires a aquellos que me agreden de una manera tan sangrante, que me
ahogan en un mar de desesperación y ansiedad, que están ejerciendo violencia física
y psicológica en mi contra. Y es cuando se me ilumina una bombilla y pienso. “¿Y
si esto es la guerra? ¿Acaso no debo defenderme?”
Por suerte, justo a tiempo clarificadora
y reparadora, vuelve la voz de mi profesora de primaria, aquella que ya no podrán
disfrutar mis hijos que me dice: “Dos no pelean si uno no quiere”. Mañana tengo
que madrugar.
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