Me apetecía escribir, no sabía de qué
pero me apetecía. Y poniéndome a pensar sobre qué puedo escribir no para de
venirme a la cabeza el asunto del tren Madrid-Santiago. El maldito accidente
que se ha llevado la vida de 79 personas.
Hace poco leí un artículo de uno de estos
panfletos que tenemos por prensa seria. Si no me equivoco era de El Mundo. Un
artículo de opinión muy bien escrito que no pretendía si no reducir este tipo
de accidentes a un hecho lamentable, pero inevitable de estos que tienen la vida
y que debemos asumir. Aprovechaba además –cómo no– para hacer su propaganda en
la que atizaba a los sindicatos por culpabilizar al gobierno siempre de estos
accidentes y de que siempre andan pidiendo más medios para evitar este tipo de
tragedias.
¡Qué valentía hay en este país! ¡Qué falta
de empatía! ¡Qué dolor de país!
Veo un problema social muy importante y
es que somos gilipollas. Así, con todas las letras, gilipollas. Somos muy
simples, de un simpleza que asusta y preocupa hasta el punto de quitar el sueño
si uno se para a pensarlo detenidamente.
Durante estos días vengo denunciando (a
los 3 que me leen, no soy un gran altavoz la verdad) el lapidamiento público
que los mercenarios con ordenadores están haciendo del maquinista que conducía
el tren. En este país tenemos la costumbre de saltarnos la justicia y
culpabilizar automáticamente a una persona. Se realiza un juicio paralelo al
legal en el que directamente sentenciamos. Y no se puede hacer eso, en una
tragedia como la acontecida hay un sinfín de variables a tener en cuenta y
muchos responsables.
Es cierto que el maquinista
conscientemente tenía el tren a ciento y pico km/h. Bien. ¿Y si le hubiera dado
un infarto y activado la palanca que hace correr al tren qué?
¿Lo metemos en la cárcel –si lo
recuperamos– por sufrir un infarto?
Estamos en lo que antes o después se
conocerá como la tercera revolución industrial (malditas ellas). En la
revolución de la tecnología. Y por suerte hay mecanismos que bloquean la
velocidad del tren en caso de que este sobrepase el límite de velocidad. En el
susodicho tren no iban instalados y ahora parece que fomento los ha puesto.
¡CON DOS COJONES! Hay mucha tela que
cortar. Por un lado está el fascistilla que aprovecha una tragedia para hacer
política y desacreditar los sindicatos (pa’ chasco), luego están los gobiernos
que, como ya pasara en el accidente de metro de Valencia, pasan de equipar los
transportes públicos con la tecnología apropiada para evitar tragedias en caso
de que ocurra alguna desgracia. Es mejor usar ese dinero en ERE’s, Palaus y
sobres varios. Lo malo es que no nos demos cuenta del linchamiento público que
se está haciendo al maquinista dejando de lado las muchas responsabilidades que
tienen aquí los gobiernos anteriores y el presente, por supuesto. ¡¡Y nadie
pide cárcel para todos éstos!!
¡¡Han muerto 79 personas!! Los voceros
haciendo política, el presidente sacando un mensaje de otra tragedia –¿para qué
pagan al que hace las notas? Yo también se hacer un ‘copy paste’– ¿Dónde queda
la conciencia de estos salvajes? Ya interesa que el único culpable sea el maquinista, un fallo humano, así la impecable imagen de los trenes españoles no se pierde y podemos seguir vendiendo y haciendo dinero. Nuestras vidas tienen precio.
Pero sobre todo, sobre todo, lo que más
me molesta de todo esto, ¿cómo es posible que haya una sola persona que esté
dispuesta a dar su voto a estos elementos manchando así por defecto sus manos de
sangre?
Pues es así. Y dormiremos tranquilos.
Somos nuestros propios enemigos y lo peor el de las personas que nos rodean.