Es parte de la realidad histórica de la humanidad. Hacemos revoluciones para obtener justicia, para que se reconozcan los derechos que se nos niegan, en definitiva, para construir un mundo mejor en el que se nos tenga en cuenta a todos.
Sin embargo, no la quiero a cualquier precio. Llámenme iluso, muéstrenme las estadísticas de las cosas que se han conseguido mediante revueltas armadas, léanme miles de páginas en las que se narra cómo los franceses guillotinaron al poder de la época o cómo el Che Guevara y Castro devolvieron el poder robado al pueblo cubano.
Por muy buenos resultados que todos estos ejemplos dieran (según algunos), jamás podré aceptar que sea la única manera de conseguirlo, y mucho menos que sea la mejor. El derramamiento de sangre no es la solución.
Tenemos una serie de ejemplos que se han dado en la historia reciente del mundo, repasen el caso de Martin Luther King Jr. Uno de los grandes artífices de que los negros hoy en día tengan los mismo derechos (a priori) que los ciudadanos blancos de EEUU.
Pero por si ese caso es poco representativo nombraré un caso incontestable, el de John Lennon. Un sólo hombre consiguió desencadenar un movimiento gigantesco en contra del gobierno estadounidense llegando a vencerlo, pues recordemos Lennon nunca llegó a ser expulsado.
Resumiendo, es seguro que los gobiernos asesinan (o, como mínimo, lo fomentan y/o facilitan) sin ningún tipo de escrúpulo, pero esto no implica que nosotros debamos contestar de la misma manera. Entiendo completamente que ante la desesperación termine pasando, que el pueblo harto escoja la opción violenta, se puede explicar pero nunca justificar.
Queremos cambiar la realidad actual, no hay duda, pero si vamos todos juntos, se puede conseguir sin que tengamos que cargar con muerte en nuestras espaldas, muchas ha habido ya y los de abajo seguimos igual, víctimas de esta sociedad. Parafraseando a Unamuno, tenemos que convencer. Que no muera la inteligencia, que no muera la razón.
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